Manuel Delgado Ruíz
julio 2014
La perspectiva sobre la mujer que veíamos en Frederica Montseny no era solo suya. Ya que hablas de Mujeres Libres, aquella organización de mujeres revolucionarias asociada a la CNT‑FAI, Mary Nash, a la que te refieres, indica que «parece que el grado de consciencia y de vindicación feminista propuestos no fue asumido, ni mucho menos, por la mayoría de sus 20.000 afiliadas, ni tampoco por todas sus dirigentes, algunas de las cuales mantuvieron posturas muy discrepantes y más tradiciones con respecto a la mujer.» Esto lo tienes en la página 260 de Més enllà del silenci (Generalitat de Catalunya). Un tipo de observaciones no muy distintas de las que formula Ronald Fraser en Recuérdalo tú, recuérdalo a otros (Grijalbo), también con respecto a Mujeres Libres: «Si bien sus miembros consideraban que luchaban para librarse de los papeles tradicionales de la mujer y de la opresión masculina y de la sociedad capitalista, en la práctica la federación raras veces habló en contra de dichos papeles.»
Con premisas ideológicas como éstas, no debería extrañar que se opinara de forma generalizada que la mujer jugaba con demasiada frecuencia un papel u hostil o de incomprensión hacia los sentimientos revolucionarios de hijos o maridos, que las convertían en auténticos obstáculos para los proyectos de transformación y solían hacer de ella un elemento de quien no confiar. Junto con la tendencia al conservadorismo social que se le atribuía, la escasa predisposición femenina a contribuir a los cambios que se preparaban era puesta sistemáticamente en relación con los vínculos de extraña lealtad que unía a la mujer al aparato del culto. En este campo, no puede confundir la ilusión que a veces se cultiva de que la actitud de la militancia revolucionaria era especialmente abierta hacia una actitud de nuevo respeto hacia lo femenino. Los testimonios abundan precisamente en mostrar un ambiente dominado por lo que se entenderían hoy como actitudes machistas. Piensa en cómo se trato a las prostitutas y a los homosexuales, y no sólo en el frente.
Por otro lado, las mujeres anarquistas se mantuvieron fieles a unos criterios de subordinación sexual tan estrictos o más que los que se preveía abolir. He aquí una muestra de su lenguaje, tomado de la propaganda de Mujeres Libres, en 1937, en un escrito en que se justificaba la retirada de las milicianas del frente de combate: «También la mujer, dejando de lado la ancestral apatía que la lucha de clases y los fenómenos sociales le habían causado siempre, sintió el aletaear de la ilusión revolucionaria, en su alma eterna de relegada, de ser cubierto por el eterno polvo del olvido, no vaciló y decidida se lanzó a la calle a luchar al lado del obrero (…) La mujer luego recapacitó y comprendió que las escaramuzas callejeras distan mucho de parecerse a la lucha metódica regular y desesperante de las trincheras. Comprendiéndolo así, y reconociendo su propio valor, como mujer, prefirió cambiar el fusil por la máquina industrial y la energía guerrera por la dulzura de su alma de mujer. No deshonró el frente, la verdadera mujer. Por el contrario, ella ha sabido imprimir el grosero ambiente de guerra la delicada suavidad de su psicología femenina. Tiene cuidados maternales con los que fatigados de las jornadas de lucha regresan al sitio donde se hallan alojados, y procura mantener vivo el optimismo en trances difíciles en que el ánimo empieza a decaer.» Esto lo tienes en las páginas 91-92 de Mujeres Libres (Tusquets).
Cuando estuve preparando mi tesis doctoral me pase un tiempo considerable repasando publicaciones anarquistas y librepensadoras. Mira algunas cosas que encontré, para que te hagas una idea:
«La mujer se ve hoy reducida al catecismo y al baile, o sea a la penitencia y a la coquetería, con lo que la mujer no se ve ni siquiera capacitada para cumplir con la tarea que la sociedad le atribuye, de educar a los hijos.» (La Federación Igualadina, 1884).
«…. La falsa o errónea educación que se la ha dado, el estrecho círculo en que se ha desenvuelto y la propensión misma de la mujer a ser ligera, voluble, corazón de cera si se quiere, pero muchas veces cabeza de chorlito.» (La Revista Blanca, 15 de octubre de 1923).
«¡La mujer!, ¿Quien al pronunciar tu nombre no siente dilatar su corazón de inefable ternura? Ellas, cuya voz es el mágico sonido que por primera vez hiere nuestros oídos» (R. Nieva, «Ecce Mulier», La Solidaridad).
«Principio de toda belleza y modelo de sublimidad» (V. Suárez, La mujer, 1925).
«Núcleo en que reside la pureza social que, además de explotada como el hombre, tiene siempre en peligro ese don precioso que es el honor» (La Federación Igualadina, 18, 1884).
«En la sociedad actual, la mujer no puede cumplir su misión, que es la del amor, para la felicidad del hombre» («La joven obrera», El Chornaler, 4, 1884).
«En la sociedad futura habría labores propias de su sexo, de las que saldrían las jóvenes preparadas para cambiar de estado, con el destino, fijado por la naturaleza, de ser madres, es decir, de producir hijos, el más sagrado de todos los productos, que hace a la mujer merecedora de todas las consideraciones sociales y de todas las galanterías de la naturaleza, con las que ella, siempre caprichosa, se adorna y embellece» (El Condenado, 2, 1873).
«La naturaleza ha hecho de ti el ángel refrenador de las pasiones del hombre; el que dulcifica y atempera su sufrimiento; la madre querida y cariñosa de nuestros hijos» («La mujer, lo que ha sido y lo que debe ser», Revista Social, 40, 1882).
«Criaturas de dulzura y de gracia, frágiles depositarias de la humanidad futura, que tienen una misión histórica e idealmente anterior a todo aglomerado social: la procreación» (Liberación, 1, 1885).
«La mujer, en la sociedad del porvenir, tiene una grande misión que cumplir en el hogar doméstico: los deberes de la maternidad» (Revista Social, 40, 1882).
«La mujer ha de ser la sacerdotisa del hogar, digna, ilustrada, tierna y buena esposa, madre prudente y ciudadana discreta («A la mujer», Revista Social, 1881).
Más ejemplos. La revista Acracia describía así la entrada de la columna de Pérez Farrás en Lérida, el 24 de julio de 1936: «Hoy más que nunca los pájaros cantan con más fuerza y pasión, las flores lucen sus más preciados dones de perfume y color. Hasta la mujer se siente más hembra, más madre y más cariñosa esposa.» A otro nivel, había teóricos libertarios que, como Mariano Gallardo, no dudaban en culpabilizar a las mujeres de no ser lo suficientemente comprensivas con las necesidades eróticas del varón: «Pocas muchachas conocen la intensidad del hambre sexual de los jóvenes. La virginidad sexual debe ser reputada como un atentado a la salud y la tranquilidad de los hombres… Es la abstención, esa criminal abstención sexual de las mujeres, la culpa de toda la tragedia sexual de la Humanidad.»
Esto es lo que hay, Elvira.
http://manueldelgadoruiz.blogspot.com.es/2014/07/algunas-visiones-librepensadoras-y.html


